Cuentos breves

Cuentos brevísimos  

Julio Carreras (h)

Sangre fría

Lo maté de un solo tiro.
Después, con mi cuchillo de caza, le corté la cabeza y la tiré hacia atrás; sin darme vuelta a mirar dónde caía, pedí tres deseos.
Finalmente me fui a desayunar (café con leche con chipaquitos) al bar de la estación YPF.
Me percaté recién, a través del vidrio sucio, que al salir había dejado desierta la sala de videoguéims.



Arrepentimiento

-Padre, perdóneme: ¡he pecado!- exclamé, en un súbito rapto de compunción. El sacerdote estaba inmóvil en su casilla de confesor, frente a mí.
-Tenga piedad de este miserable gusano... ¡no me niegue su absolución! -imploré. Los ojos fríos del padre estaban fijos en mi rostro; pero nada me respondía.
-¡Oh!... ¡Qué torpe y perverso he sido, frágil hoja de alerce, juguete inerme en el torbellino de mis innobles pasiones! ¡Violento y cruel, irreflexivo, temerario desafiador de la ira de Dios!... El sacerdote ni se movía.
-¡Malhaya la hora en que permití a mi mano volar a la espada! ¡Malhaya mi sangre española, heredera de endriagos milenarios! ¡Malhaya mi facilidad para la estocada!... Nada me decía.
-Padre... ¿no ha de perdonarme? ¿Va a dejarme cargar para siempre con esta cruz en mi conciencia? ¿Tan terrible fue mi pecado?...
Tal iba a ser mi destino, al parecer, pues el cura no modificó ni un ápice su fría expresión. Me retiré, entonces, acongojado y llorando. Por desgracia, mi estocada había sido demasiado certera. Su corazón, agujereado, ya no le daba vida para responder.


Hembra

Felipe estaba solo. Muy solo. Por eso le pareció un sueño cuando la muchacha aceptó bailar con él. (Y más sueño le parecería luego, cuando aceptara ir a su rancho).
Nadie la conocía. Las escasas mujeres del poblado la miraron con odio. Y los hombres lo miraron a él con envidia, cuando se la llevó. Necesitó dos tubos de ginebra para animarse, pero lo hizo.
Nunca gozó Felipe deleites tan hondos y sostenidos como esa noche, en su cama. Entre vahidos de placer le pidió, en la oscuridad: "¡quédate a vivir conmigo!" Ella aceptó.
En la rosada penumbra de la paloma Felipe recordó la noche pasada, y percibió el bulto del cuerpo a su lado. Como quien constata la materialidad de su dicha estiró la mano. Tocó una piel peluda. De un salto, se levantó.
El grito debe haber asustado al animal, pues abandonó la cama con la velocidad de un relámpago.
Dando un brinco poderoso la mula salió por la ventana. Felipe, con la boca abierta, la vio perderse, entre las retamas.



Amnesia

-Yo escribo para olvidar -sostenía un poeta amigo de mi padre.
Trataba de justificar así quizá sus faltas de ortografía.
Pues sus escritos prescindían fatalmente de puntos, comas, haches, acentos o distinción alguna entre "ve" cortas o "be" largas.

Tribulaciones de un escarabajo

Gregorio Samsa patalea panza arriba, mientras lo ataca una legión de hormigas coloradas. Los animales, seguros en su superioridad numérica, avanzan sin apuro, con las fauces abiertas. Gregorio se siente al borde de la desesperación. Lo inmovilizan el cansancio y el pavor, y se queda quieto, entregado a su suerte.
En eso ve unos inmensos pedúnculos rosados, que lo toman con firmeza, pero sin lastimarlo. Se siente levantado. Sin transición se ha incorporado a su mente otro temor. Pero al menos -piensa- me han sacado del peligro de las hormigas.
La fuerza lo deposita en una jaula transparente. En los rincones, hay comida. Gregorio comprende que ha sido hecho prisionero. La angustia parece no tener fin. Pero se consuela, diciéndose que es preferible estar preso y no despedazado.

* * *

El doctor Juhazs, entomólogo, se despertó en la noche al oír un fuerte ruido que venía de su laboratorio. Cuando abrió la puerta encontró, entre los tablones de la estantería desbaratada, a un hombre. Llevaba traje gris oscuro, era delgado, tenía grandes orejas y parecía muy aturdido. Observó también que tenía raspones en la cara y en las manos.
-Bueno -le dijo el doctor, que era un hombre aplomado -podríamos tomar un tecito, mientras conversamos.

La Cultura

A Mempo Giardinelli

Cuando conseguí escalar los peldaños de piedra de La Cultura luego de intentarlo por caminos cerrados durante muchos años, me sobrecogió una escena impresionante.
Hacía frío. En su cima -era muy alto- llegué a sentarme completamente desnudo.
Desde allí se veía la mera Tierra, mas los otros edificios habían desaparecido.
Todo era un desierto. Las nubes se habían convertido en gases de color violeta pálido, y envolvían al mundo hasta donde se podía ver.
Cuando percibí las nubes nuestro cielo estaba tibio, ya no sentí más frío.
Entonces arribó un pájaro muy grande, parecido al cóndor. Y desplegando sus alas, se me acercó para dejar caer un envoltorio de trapo muy rústico. Lo tomé y lo abrí.
Adentro había un manojo de tierra, y unos granos rugosos, pinteados de color ocre. Después ya no pude ver, pues me quedé dormido.
Al despertar me encontré cubierto, por una enredadera en flor. Campanas rojas se apoyaban en mi frente, y en el centro mismo de la planta respiraba una flor blanca.
Desde la distancia me pareció que el sol inspiraba a esa planta un cierto fulgor.
Y en tal instante mi corazón se sintió feliz y muy contento, de una manera que jamás antes había presentido.


Vida de pobre

Mi padre se niega a darme dinero. Voy a la pieza de mi abuela y a duras penas consigo extraerle dos billetes: uno de diez mil y otro de quince mil pesos. Voy al estudio de abogado de mi amiga Nadia, pero lo pienso mejor, y antes de entrar prefiero visitar a su tío y de paso cambiar el dinero.
El Turco Julián está como siempre, tras del mostrador con la caja. Este hombre acaricia dinero inmundo todo el día -pienso- y luego intenta escribir poesía. Lo peor es que haya "profesores de literatura" que encima le llaman "poeta". Es obeso, calza pesados anteojos de miope, sobre su nariz de carancho pichón.
Debo hacer cola. En la cola me toca pararme detrás de una criollita deliciosa, muy pintada, que me dedica una sonrisa. Pero después se hace a lado. En menos tiempo del que pensaba llego al mostrador. El Turco, por reflejo negativo, me dice que duda si tiene cambio, pero como me considera "un colega" (en el ámbito de las letras) finalmente saca el dinero y me lo entrega, luego de sujetar mi crujiente billete colorado.
En el momento en que lo guardaba me entra la duda de si le habré dado un billete de diez o de quince mil pesos. Siempre soy un poco distraído con la plata. La vez pasada se me cayó todo lo que tenía en el bolsillo del pantalón, al pedalear en mi alta bicicleta. Comoquiera que fuese, ya me resigno. Ahora no sé bien cuánto tengo.
Al llegar al rancho donde habito, solo, encuentro que me está esperando mi tío. Sin permitirme que abra la boca, me dice que deje ya de joder con hacerme el pobre. Y me entrega la llave de mi BMW, para que vaya otra vez a dirigir las empresas de la familia.


Fernández por la ventana de mi taller

Una tarde diáfana de principios del invierno. El sol cayendo despacio, ilumina las hojas de los árboles con un amarillo transparente. Las paredes blancas de las casitas, facetadas por las sombras difuminadas y los reflejos rojos de las tejas.
Verjas con lajas, verjas con revoques rugosos, con rejas blancas, con rejas rojas. Un quiosco. La columna del alumbrado como un gigante flaco abriendo los brazos: sobre uno de ellos, un pájaro. Cables, hacia el sur y hacia el norte, cruzando postes negros a través de aislantes de loza fusiformes, subiendo, bajando, entrando y saliendo de las casas.
Un perro que ladra en las cercanías -siempre hay un perro que ladra, aquí. Rumor de autos lejanos; alguno pasa de a ratos por frente al rectángulo de la ventana. Cuando pasan, levantan un polvillo moroso que cambia el ambiente por unos instantes, formando una niebla leve que tamiza la luz ya distante del sol.
Gajos oscuros de paraísos, saturados de pocotos amarillos que parecen absorber todo el resplandor del ocaso. Contrastes agudos entre los racimos de hojas iluminadas y los que le siguen inmediatamente debajo; verde brillante, amarillo, y sombra; verde oscuro y sombra.
Un pollo bermejo holgazanea por entre el césped cuidado del jardín de enfrente. Dos caballos sufridos y marrones pastan tranquilamente entre la vereda y el pavimento, seleccionando cuidadosamente las hierbas. Varios niños juegan y corren, llenando de grititos alegres el silencio, antes cargado de sonidos opacos. Prendo la radio para escuchar música.
Me entero de que están atacando con misiles valuados en un millón de dólares cada uno al país que en otro tiempo, albergó a Gilgamesh.


Dos gorriones

Esta mañana sorprendí a dos gorriones adormecidos que se acurrucaban en las molduras de la ventana de mi celda. Estaban, redondos y somnolientos despertándose al sol cuando los hallé. Uno de ellos me miró: nos quedamos, él y yo, sin saber qué hacer. ¡Hubiera querido tanto que aceptaran el calor de mi mano!
Tiritaban de frío. Pero cuando me acerqué huyeron, dejando en mis dedos un relente de melancolía.

Cárcel de Sierra Chica, 6 de julio de 1977.

 


Dinaleh

Corazón y latido no son dos cosas, sino dos palabras.
Julio Cortázar


Dinaleh se presenta cada tarde en casa de Froilán. Se ha vuelto igual que el crepúsculo.
Cada vez que ella entra Luis Alberto Spinetta se pone a cantar con Fito Páez Asilo en tu corazón y Froilán tiembla, de placer y de temor.
La primera vez que se unieron a duras penas pudo salir de ella. Se fue llevando uno de sus pies. Luego de la tercera se resignó a aceptar la fatal condición de aquel amor.
Hoy ha venido hermosa con sus cabellos al aire, el sol tranquilo la trasciende; Froilán se limita a contemplarla con arrobo, ha perdido todo movimiento. Dinaleh lo envuelve y apaga el televisor, una lasitud dulce le enerva todos los sentidos, es feliz.
Esa tarde Dinaleh se queda a vivir en la casa de Froilán. Sola, con su corazón.

Fernández, agosto de 1988.