portada

lllLiteratura Argentina

Julio

 

SSantiagueño soy, señores

Carreras (h)               

Por Silvia Barei *

Silvia Barei: -Escritor y periodista, ¿dos profesiones distintas o dos caras de la misma moneda?

Julio Carreras (h): -La cuestión de "periodismo o literatura" ha sido algo permanentemente debatido ya que supuestamente la profesión de escritor confronta con la de periodista. El escritor elabora un lenguaje que tiene total libertad para buscar la belleza, que es el objetivo del arte. El periodismo trata de reflejar lo que nosotros llamamos "realidad", que a veces es contradictoria, difícil y llena de presiones, con el agregado de que el periodismo está limitado a reproducir con la mayor fidelidad posible sucesos muchas veces olvidables. Cuando se produce la confrontación de la tarea del escritor con la del periodista, generalmente sucede en el campo de lo cultural, como en mi caso por ejemplo, dirigiendo un suplemento literario; lo que se hace, entonces es literatura, bajo la forma de un cierto periodismo especializado. Pero los escritores que deben apelar al trabajo en una redacción para ganar un salario, muchas veces no tienen esta suerte. Entonces, sí, puede darse la necesidad de dolorosos desdoblamientos para poder cumplir cada función.

S.B.: -Una pregunta repetida y necesaria: ser escritor y vivir en Santiago... ¿un espacio para el reconocimiento o un lugar negado en la literatura argentina?

J.C.: -Los aborígenes, los tawantisuyus, tenían una especie de aforismo sosteniendo que el Cuzco, el lugar donde ellos estaban parados, era "el centro del mundo". Vivir en el interior conlleva factores negativos y positivos: Santiago es una provincia pequeña, mediocre en muchos aspectos, particularmente en sus ciudades. Hay que vencer la absoluta incomprensión de la sociedad que no concibe que un hombre o una mujer vivan para el arte. Pero tiene las ventajas de no estar del todo infectado ni moldeado por concepciones que pertenecen a las culturas masivas de las grandes metrópolis. Nosotros, los escritores de provincias, tenemos la libertad que nos da la soledad. Hacemos y rehacemos en silencio nuestras obras y a fuerza de educar nuestro espíritu nos volvemos una especie de eco de la cultura de nuestros pueblos. Por otra parte, los avances de la tecnología han hecho que el aislamiento ya no sea tal: podemos comunicarnos con cualquier lugar del mundo, puedo editar en Santiago como podría hacerlo en una imprenta de Nueva York, puedo recibir en tres días una revista literaria de España. (1) Yo he publicado en una revista de la Universidad de Los Angeles, otra de la Universidad de Roma y en revistas de París. De algún modo sucede como lo que dice Lao Tsi en un poema del Tao: "sin moverme de mi casa/ conozco el mundo".

S.B.: -Hablemos de Abelardo, una novela sobre Malvinas, sobre el Proceso, sobre el país que duele, sobre búsquedas existenciales...

J.C.: -Algunos intelectuales que han leído Abelardo con un sentido crítico dice que es un libro excesivamente condensado, lo cual hace su lenguaje un poco frío. Tal vez sea porque intenté escribir un libro dentro de lo que considero "literatura pura". Mi propuesta quería ser la de una obra bella, una historia precisa, una novela que sea también poesía. Y de algún modo me he propuesto también escribir una parte de la historia de mi país. Como no puedo comprender cuáles son los lenguajes de mi inconsciente, he tratado de representarlos en códigos oníricos, para que el lector encuentre nuevas lecturas y simbolismos sobre la historia de nuestra nación. Esa larga escena en la cual el personaje entra -de algún modo también como un homenaje a la entrada que hace en el inconsciente simbólico Harry Haller, en El Lobo Estepario-, esa entrada al lugar que la novela llama Almacén La Flor del Seibo, donde se desarrolla una desmesurada y por por momentos convulsionada Fiesta, representa la entrada a lo profundo del inconsciente de lo que yo percibo como La Nación Argentina. Acerca de ello se trata de reflexionar en este libro, no con métodos lógicos sino simbólicos. Bien, pero creo que en última instancia los objetivos son desconocidos para el escritor, que como todo artista, nunca sabe exactamente por qué está creando como lo hace. Sabe nada más que debe hacerlo.

S.B.: -Estás trabajando en un proyecto de video. ¿Cómo se compatibiliza el lenguaje de la palabra y el de la imagen?

J.C.: -Esta es la primera vez que hago un trabajo completo con video, aunque en otras oportunidades colaboré con dos santiagueños que tienen premios nacionales, Juan Carlos Díaz Gallardo y José Luis Doucornou. Ellos también están a cargo del aspecto técnico y las cámaras en esta filmación, sobre un cuento mío que se llama El malamor (con guión de Ricardo Aznárez y actores cordobeses del Taller Alta Córdoba). Es la historia de un hombre maduro que se va a Catamarca y se enamora de una chica sobre la que se cuentan historias extrañas, sugiriendo su condición de "almamula" (se sugiere que puede haber tenido relaciones sexuales con su hermano, y que debido a ello se convierte en un animal monstruoso y devora a sus amantes). El trabajo con la imagen es fascinante; pese a ello creo que la palabra es el origen de todo. Yo soy un hombre de convicciones religiosas -a las cuales he llegado por la fe y la razón-, uno de los factores que sostiene mi certidumbre acerca del valor objetivamente constructor de la Palabra (así con mayúscula, cuando se trata de la Palabra creadora). Es el motivo por el cual también considero que la literatura nunca va a desaparecer. Para mí todo es literatura: el cine es literatura, los actos de mi vida son literatura. Tengo un cuento -publicado en su revista literaria por la Universidad de los Angeles- titulado El día potencial; allí un hombre comienza a caminar por una ciudad que se deshace, una realidad paralela, una realidad potencial generada por sus pensamientos. Este paralelismo es semejante a la dialéctica de literatura y cine: el argumento se escribe se desarrolla originalmente en base a imágenes. El proceso continúa con la traducción nuevamente a las imágenes que se concretan en la película, esa "otra realidad".

S.B.: -Tu opinión sobre la cultura popular: Stavenhagen dice que es actividad creadora y no consumo pasivo de bienes industrializados. ¿Hay límites o cruces entre las culturas populares y las masivas? 

J.C.: -La columna vertebral de nuestra cultura se constituye como cruce de dos grandes afluentes: la cultura aborigen y la cultura latina. Por mi parte considero que la cultura española y la italiana configuran un bloque común, pero no la italiana de fines del siglo pasado, sino la medieval, que proviene de la conquista española. En la Edad Media casi todos los países que bordeaban el Mediterráneo tenían una cultura común, muy fuerte. Si se quiere hilar fino, se encontrará en esta cultura medieval también una significativa afluencia del pensamiento alemán a través del reinado de los habsburgo, durante una de las etapas decisivas de la conquista y colonización. Es, pues, esta cultura común la que llegó a Latinomérica con los españoles. Por otro lado, la tradición aborigen también era muy fuerte en sus aspectos culturales y no había forma de ignorarla (salvo que existiera una brutal decisión de exterminio, como sucedió en el caso de los anglosajones que entraron en América del Norte). Los gobernantes hispánicos más esclarecidos tuvieron la capacidad de sentirse seducidos por algunos rasgos de esta cultura, e hicieron un trabajo de reelaboración que ha permitido que parte de esa cultura sobreviva. En el pueblo de mis abuelos, Garza, aquí en el sur, me he sentido conmovido por el espíritu de una cultura que pervive en las maneras de la gente y hasta en la forma en que se construyen las casas, con un estilo que recuerda a construcciones de España o Italia. Yo creo que son los sectores populares quienes han conservado la cultura de los pueblos americanos y si es que hay un cruce, pasa principalmente por estas dos culturas: españoles y aborígenes. Después viene todo lo demás: inmigrantes de otras épocas y de otras nacionalidades que no siempre se han mezclado y la influencia de la cultura masiva que se muy grande en el plano de la superficie, pero en el plano de lo profundo no ha calado todavía en los sectores populares de manera definitiva. Una prueba de esto es que, particularmente en el sector de la inmigración interna, hay miles de santiagueños en Buenos Aires, o hijos de santiagueños, que hablan como porteños o se visten con remeras de la Universidad de Harvard o cosas así. Pero siguen viniendo año tras año a peregrinar a la fiesta semipagana en el santuario de Mailín. Si hay un lugar en Santiago del Estero que se parece al Comala de Pedro Páramo ese es Mailín. Allí se desarrolla, durante sólo par de frenéticas, alucinantes jornadas, un ritual continuo que es el afluir de esta cultura. Es decir, el lugar donde se encuentra el origen de una cultura, un espacio que no ha sido modificado aún por los mensajes reguladores de la cultura masiva.

S.B.: -En relación con esta pervivencia de las culturas autóctonas, ¿qué sentido tiene para América la conmemoración de los 500 años?

J.C.: -La llegada de los españoles no puede verse como un "encuentro", porque fue una conquista, muy parecida a muchas de las conquistas que han sucedido durante la historia de la humanidad. A mí me resulta comparable a las conquistas de Ciro el Grande, esto es, una conquista cruenta pero con ciertos aspectos benévolos, provista en este caso por el componente "cristiano". Ciro permitió, por ejemplo, a los hebreos la práctica de algunos aspectos propios de su cultura, siempre bajo la égida de la Gran Persia, pero de un modo distinto a la brutal sujeción debida a los Asirios, por ejemplo. Lo que no tiene demasiado sentido es la conmemoración. Creo, en síntesis, que ha sido una conquista cruenta: pero siempre la historia humana se ha desarrollado en base principalmente a conquistas. Es una fatal condición de los humanos el apropiarse de los territorios ajenos en base a la fuerza. En esto los españoles no se diferenciaron de los romanos o posteriormente los belgas o ingleses. Me agrada cierta observación de Mario Benedetti, cuando dice que el festejo de los españoles de lo que ahora llaman "Encuentro de Culturas", es como si en Italia se festejara la sangrienta conquista de España por parte de los romanos.

S.B.: -¿Crees que la conquista tiene un aspecto condenable, entonces?

J.C.:-No me satisfacen los categóricos juicios de valor. Creo que alguien que trate de vivir con sentido, debe aprender a valorar los elementos positivos y negativos, no con actitud de rechazo hacia unos u otros, sino integrándolos en un proceso dialéctico, para enriquecer tanto su vida personal como para aplicarlos a los demás.

* Profesora de Letras en la Universidad Nacional de Córdoba, periodista de la sección Cultura de La Voz del Interior, Córdoba, Argentina. Esta entrevista fue publicada en la revista Aleph, Mendoza, Argentina, en Junio de 1993.

Notas

(1) Por esos años aún no se había comenzado a utilizar públicamente Internet.

 

2001